¿Quién dijo que los hombres no pueden volar?

¿Quién dijo que los hombres no pueden volar?

¿Quién dijo que los hombres no pueden volar?, la experiencia de hacer skydiving en Nueva Zelanda.

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De chica miraba las palomas de las plazas y me intrigaba por qué los humanos no podíamos tener alas. Quién no se preguntó cuando era niño cómo sería volar; cómo sería esa sensación en las alturas. Las dudas se me disiparon este verano…

Fue inesperado, en esos días de viaje en que pareciera que a la mañana está todo fríamente calculado y a la noche nada salió como lo planeado. Me estaba por subir a un crucero por Bay of Islands, en la Isla Norte. Este lugar comprende un parque marítimo de 144 islas. Allí están las mejores playas del país; muchos Kiwis eligen este destino para sus vacaciones de verano. Con clima subtropical y abundante vida marina, la arena de Bay of Islands es blanca; el agua, cristalina. Hay mucho viento, mucho. El crucero hasta “Hole in the Rock” y la experiencia de nadar entre los delfines en su habitat son las dos excursiones más populares del lugar. Por una cuestión económica había optado la primera opción: conocer el agujero natural entre las rocas.

El crucero ancló en el puerto de Pahia, la principal ciudad turística de la bahía. De allí parten los barcos de las excursiones, los ferrys y los charters de pesca. Mientras esperaba a subir, observaba la amplia variedad de cafés y alojamientos -desde backpackers hasta lujosos resorts- que ofrecía la avenida más importante.

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 —¡No subas! ¡Conseguí descuentos para hacer Skydiving… en media hora salimos para el aeropuerto! —me gritó excitada desde lejos mi compañera de ruta.

—¿Skydiving? ¿Cómo qué en media hora? Eso es… ¡ya!— contesté sorprendida mientras que por inercia miraba el reloj. Para tirarme en caída libre desde un avión a 15.000 pies de altura y a 200 kilómetros por hora, necesitaba mínimo una preparación psicológica.
—¿Por qué hoy? Si dijimos que lo íbamos hacer en la Isla Sur, al final del viaje…dentro de dos meses — pregunté confundida.
Se habían juntado varios factores: Josefina, mi amiga extremadamente ansiosa; las virtudes del paisaje y los descuentos económicos.

Como Nueva Zelanda es la capital mundial de la aventura hay mucha competencia turística; decenas de guías cargados de mapas y fotografías salen a la calle y frenan a los viajeros para ofrecerles sus actividades extremas. Josefina, de ojos verdes achinados, había sido elegida y por dos saltos se abarataban mucho los costos (un salto con video y fotografía sale alrededor de 300 dólares). Ella, más valiente, no lo dudó y nos anotó. Había que aprovechar la oportunidad que se nos presentaba y acepté; aunque, confieso, un tanto temerosa.


Había llegado la hora del vuelo del bautismo.


Al llegar al Aeropuerto de Kerikeri, una mujer rubia de mediana edad nos obligó a firmar un certificado en el que nos hacíamos responsable de los posibles accidentes que pudieran ocurrir. Debo admitir que eso me crispó un poco los nervios. Seguía pensando que no estaba psicológicamente preparada. “Ni la ropa adecuada tengo, estoy de playa; allá arriba hace frío y hasta estoy en ojotas…se me van a caer”, pensé. La vestimenta no fue un problema, nos dieron un traje especial y debieron prestarme zapatillas (con muchas medias de por medio porque eran 39 y calzo 34).
En la sala de espera, un cartel grande y negro con letras grises alentaba a los que se animaban a esta aventura: (traducción:“ No debo tener miedo. El miedo mata a la mente. Voy a superarlo y luego ya no será nada más que un simple recuerdo ”).
La técnica y la postura que debíamos tomar durante el salto fue explicada a través de un video corto y muy didáctico. A medida que se acercaba mi turno, mis manos sudaban cada vez más y mis piernas comenzaban a tambalear. Hacía memoria y recordaba cada uno de los pasos que debía seguir. Mi amiga estaba cada vez más ansiosa pero parecía no tener miedo. Solo quería tirarse primera.
—Me da impresión verte caer a vos— me dijo con voz dulce mientras se acomodaba el casco protector.
En la avioneta viajaban además el piloto, dos instructores y dos fotógrafos. Era tan pequeña que sentados en el piso, no podíamos extender las piernas y se movía como un carro viejo. Carl, mi instructor, era calvo y bizco. Rondaba los 40 años y tenía un diente de oro. Su rostro no transmitía sensación de seguridad sino locura; se parecía al ladrón de Mi pobre angelito. Sin embargo, su personalidad lo compensaba. Con su carisma y sus bromas distraía y brindaba confianza durante el vuelo. Y ahí estaba, entregándole mi vida a ese desconocido que por un momento se convirtió en mi mejor amigo.

Mi compañera de aventuras se había subido primera al avión por el anhelo de tirarse antes pero había quedado lejos de la puerta. Como era tan pequeño no nos podíamos cambiar de lugar. A los 15.000 pies, abrieron la puerta. Carl y yo, atados por un arnés, sacamos los cuerpos afuera sosteniéndonos de la avioneta. El viento golpeaba con fuerza y las mejillas se habían vuelto temblorosas y rojas. El intenso frío helaba las narices y hacía que los ojos lagrimearan.

Carl me sujetó fuerte y en posición fetal nos arqueamos en forma de una banana. Recordé el video… luego de unas pruebas de bamboleo saltaríamos. Ya estaba en el baile pero no tuve tiempo ni de pensar…
—¡Banana, banana, a volar! —gritó de improvisto el profesional neocelandés.
Y Josefina me vio desaparecer entre las nubes blancas y pomposas.
Como un ave de sangre caliente, comencé a caer en caída libre a 200 kilómetros por hora durante un minuto. Fuertes sensaciones: emoción y adrenalina; vértigo sin miedo; pureza y diversión; velocidad y disfrute… cielo azul, alas e inigualable libertad.
Después de los 60 segundos más largos de mi vida, el instructor abrió el paracaídas y un sentimiento de seguridad se apoderó de mí. Al instante, los cuerpos helados se bambalearon con rapidez como en una turbulencia y las antiparras comenzaron a empañarse; estábamos atravesando las húmedas nubes. Al ver aparecer las cientos de islas que antes había visto en los folletos y que desde esa altura se veían con tanta claridad, los ojos verdes y vidriosos se movían de un lado a otro sin parar. Durante quince minutos de planeo, sobrevolamos islas de variados colores que flotaban en el inmenso y oscuro Pacífico.
—Lo lograste chica— me dijo orgulloso Carl en un intento de spanglish cuando tocamos tierra firme.

Al llegar al hostel, aún me duraba la adrenalina y la excitación. Hacía varios días que no me comunicaba con mi familia. Decidí enviarles un e- mail: “No se infarten que salió todo bien. De las mejores cosas que he hecho en mi vida: Aprendí a volar.” Y por si no me creían, les adjunté la foto.

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