Principio de incertidumbre: un encuentro especial en Auckland

Principio de incertidumbre: un encuentro especial en Auckland

En esta crónica te comparto un encuentro especial en Auckland. La historia de una foto y los relatos detrás de las fotos: Principio de incertidumbre.

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-¿Te ayudo? Me parece que estás en problemas…

Bajé la vista a mis manos, a donde estaba mi problema: unas cuantas piezas de plástico desparramadas. Se me había caído el celular desde una escalera y ahora era lo más parecido a un rompecabezas recién comprado. No me importaba lo material, era el cordón umbilical que unía los 10.350 kilómetros de distancia con mi ciudad natal lo que se rompía. Seguro me había escuchado murmurar. Había tenido un mal día y mi torpeza habitual no ayudaba. Sin permiso, su mano áspera tomó el aparato. Movió los dedos con destreza y en pocos segundos volvió a ser mi querido Vodafone, mi medio de contacto.

¿Quién era ese chico del colectivo? Todas las mañanas, a las ocho en punto, me subía al autobús de la empresa Birkenhead para ir al centro de Auckland. Volvía a subirme a las cinco de la tarde para volver a mi casa temporal, ubicada en North Shore cruzando un puente. La mayoría de las veces, los pasajeros eran los mismos. La monotonía de los días. Las lagañas aún en los ojos, los relojes cronometrados, los celulares prendidos fuego.

Conocía a Joe, el chofer nacido en Samoa que hablaba inglés de forma telegráfica. En cada parada me contaba anécdotas de su infancia, como cuando pescaba atún con su familia en su tierra. Lo decía con la voz nostálgica de aquellos que abandonan su lugar en búsqueda de nuevas oportunidades.

También estaba Anne, una estudiante canadiense de intercambio que elegía siempre el último asiento y abría la ventanilla cada vez que se sentaba. Me gustaba ver cómo su pelo lacio se despeinaba con el viento; ella se daba cuenta que la miraba y sonreía.

La familia Waills estaba compuesta por Sue, una mujer de piel morena y labios de colágeno; John, su marido canoso que iba a trabajar a las oficinas de Victoria Street, y Matt, de nueve años, que bajaba primero en la escuela privada de Birkdale con los ojos empachados de televisión.

Pero a él no lo había visto nunca. Le agradecí y respondió con una sonrisa infantil entre ingenua y pícara. En sus ojos celestes se vislumbraba una mirada frágil. Tenía antebrazos de soldado y llevaba una musculosa blanca que olía a humedad.

—¡Qué hermoso atardecer! —dijo señalando a través de la ventanilla del autobús. Un sol anaranjado se reflejaba en el agua cristalina, donde cientos de veleros estaban anclados uno al lado del otro.

—Como una postal —contesté admirada por el paisaje.

—Me gusta tu anillo ¿qué significa? —me preguntó con curiosidad.

Tomó mi mano, pero lo hizo con delicadeza; sentí su palma húmeda.

Le conté que eran mis iniciales y que me lo había regalado mi abuela paterna cuando cumplí los quince. Recién ahí supe algo de él. Se llamaba Benjamin y tenía veinticuatro años. Había nacido en Escocia aunque fue criado desde chico en tierras maoríes.

Al instante me mostró su anillo con una libélula de plata de gran tamaño que resplandecía con una tonalidad metálica.

—Soy orfebre. Estoy trabajando en este modelo ahora.

Sacó un viejo cuaderno de su mochila y en sus páginas había un dibujo conmovedor. Era el paisaje que acabábamos de ver, aquella postal del puerto en la Ciudad de las Velas. Me miró con complicidad.

Se dio cuenta que era extranjera y arriesgó a que era rusa. Me preguntó por mi historia. Decidí trazar unas pinceladas: los estudios de periodista, el gusto por la fotografía, mi pasión por los viajes y por contar las historias del camino. Dijo entonces que deseaba viajar a Argentina y que algún día le pudiera sacar fotos a sus obras.

Ben, en pocas palabras, me contó su gran anhelo: tener una casa pequeña en las afueras de la ciudad, rodeada de helechos, para compartir con su hijo de dos años. Cuando hablaba del niño, su rostro se transformaba. Su sonrisa infantil se volvía madura como una fruta. No vivían juntos y admito que me intrigó saber el motivo. Me mordí los labios para no preguntar. Al fin de cuentas éramos dos desconocidos en un colectivo. Tomados de la mano…

Detuve mi mirada unos segundos en su brazo izquierdo donde tenía un tatuaje con tinta borrosa y algunas cicatrices.

Aunque desvié la vista rápidamente, se dio cuenta.

—Es una larga historia. Soy adicto desde chico. Mis dibujos me ayudan a encontrar otro camino.

Se hizo un silencio incómodo entre nosotros y sentí su respiración muy cerca. Pareció leerme la mente.

—Lo estoy empezando a ver más seguido, este fin de semana vamos a ir a pasear a Takapuna, una playa cercana ¿conocés?—preguntó con un dejo de esperanza mientras guardaba el cuaderno de dibujos. Le sonreí y afirmé con la cabeza.

Ya estábamos llegando a la rotonda de Birkdale donde debía bajarme. Éramos pocos los que aún quedábamos en el colectivo.

Parecía que iba a llover, no era raro en Auckland, donde llueve y sale el sol cinco veces por día. Deseé haber vivido más lejos para seguir la charla.

—Adelante, vos primera —señaló el camino con caballerosidad. Él también bajaba en la misma estación. Saludé a Joe, a quien vería al día siguiente a la misma hora.

Benjamin hizo un chiste con mi celular y nos despedimos en direcciones opuestas. Caminé lentamente hasta que unas gotas de lluvia empezaron a mojarme, saqué el paraguas y aceleré el paso.

Me di vuelta para verlo partir. Él caminaba despacio; parecía disfrutar del agua en su piel, viviendo el presente en cada paso que daba.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto como todos los días, tenía que estar en la parada del autobús que me llevaba al instituto de inglés. Como me había quedado dormida corrí las cinco cuadras en subida. Terminé con la respiración entrecortada, los cordones desatados, el pelo como un nido de carancho y la boca seca. Detrás de mi espalda escuché una risa conocida. Ben no disimuló ni un poco la carcajada; mi estado físico era patético.

Nos sentamos juntos en los asientos de atrás y me preguntó cómo había pasado aquella noche tormentosa. Aunque el ruido de la lluvia en la ventana me resulta somnífero, esa noche no había podido conciliar el sueño. Al día siguiente me iba de Auckland, la ciudad que había sido mi hogar durante tres meses, y continuaba el viaje en la isla sur de Nueva Zelanda.

Me habló de un té que él tomaba cuando lo invadía el insomnio.

Le pasaba seguido.

—No es nada raro, un simple té —me dijo esta vez un poco tímido, un poco incómodo.

Le alcancé un papel porque no le entendí la pronunciación.

Camomile, leí en voz alta. El día que busqué la traducción en internet supe que no me haría falta ir a la dietética; en la caja patinada con betún de judea de mi cocina ya había varios sobres con té de manzanilla.

Del otro lado del papel me había anotado su mail.

—Para que me escribas cuando llegues a Argentina.

—¡Queen y Victoria Street! —gritó el conductor.

—Acá me bajo. Te escribo.

Él iba a vender sus anillos a Parnell, un barrio pintoresco que podría ser un digno escenario de una película hollywoodense.

Nos despedimos mirándonos fijo, como si pudiéramos retener por unos instantes más aquel encuentro casual, uniendo nuestras historias tan disímiles.

La tormenta había desaparecido y parecía que al mediodía iba a volver ese sol tibio de marzo.

Un mes después, cuando volví a La Plata, le escribí como había prometido. A la mañana siguiente recibí su respuesta. Entre las líneas tipeadas se acordaba de mí: “la chica del colectivo”.

Le pregunté por su hijo y sus diseños. Me contó de aquel fin de semana en la playa en el que se bañaron juntos en el mar, jugaron al rugby con una pelota improvisada de ropa y comieron un budín de banana con nueces hecho por él. Unos nuevos modelos lo tenían ocupado en esos días y tenía pensado entre sus proyectos volver a estudiar. Se ofreció a ayudarme a practicar inglés a cambio de que le enseñara “argentino”.

Intercambiamos durante un mes mails con anécdotas, canciones y fotos. Algunos retazos de vida emparchada iban adjuntos también. Pero desde aquel último mensaje de abril en el que se despedía con un “te escribo pronto”, en mi bandeja de entrada no hubo ningún correo nuevo con su remitente. A veces reviso el spam.

En algún rincón lejano, una libélula se posa sigilosamente sobre una caña, despliega sus alas largas y delgadas y levanta vuelo en dirección sur.

Principio de incertidumbre

Principio de incertidumbre: El reencuentro virtual

Cuatro años después (2014) me encontró por Linkedin. «Sos la chica del colectivo», dijo. Le conté de este relato y se lo envié para que lo leyera. Esta fue su hermosa respuesta:

Aww its awsome!!!! aw i dont know what to say. That has given me the biggest smile and watery eyes. It is the best story ive ever read awwwwwww. That is so so so so nice i dont no what to say, thankyou, you are a very very good friend to have, thank you gilda! :)

Pd. Para ver sus modelos de joyería pueden visitar su página web.

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7 Comentarios
Negra dice:

Qué lindoo!!! me encantó amiga!!! Te juro que lo leí como si fuera el primer capítulo de un Potter!! jejeje
Qué lindo conocer gente así…me re gustó, y hasta me emocionó un poco la historia! supongo q es porq sos una gran escritora! ajajjaaj
te quieroooo (viste q por fin te firmé?) :P
Besos, espero más!

Pi dice:

Giiil, abri el blog para chusmear que onda y me enganche con la historia, que lindo!! me trasportaste!! Me encanta todo esto! Te mando un beso enorme y ojala nos juntemos pronto! Muuua :)

Coti dice:

Sii tal cual como dijo Pi, a mi tambien me transportaste! me senti ahi ajaja chusmeandolos desde el asiento del al lado!:. te lo digo siempre amo como escribiss! te quieroo! q triste q no supiste mas nada de el!..

Rodri Gallay dice:

Muy bueno como siempre Gil, desde la primera frase me atrapó el relato. Espero q malharro te permita escribir más seguido en el blog, igual dado tu calidad de escritora se te permite todo, un beso grande y nos vemos

Anonymous dice:

hija, qué hermoso, al igual que las chicas, estaba ahí con vos en el micro… leyendo rapidamente para saber más y más. A veces suceden estos pequeños encuentros que son fuertes, profundos y que ayudan durante toda la vida

Anonymous dice:

Querida!! de casualidad, leyendo algunas cosas viejas releí que tenás esto, y entré, solo decirte que me encantó, como dice alguien por ahi, no se puede parar de leer. beso. el wineman

Auckland dice:

[…] Principio de incertidumbre: un encuentro especial en Auckland […]

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