Los atardeceres de Jericoacoara sanan

Los atardeceres de Jericoacoara sanan

La visión de los lugares que visitamos es muy subjetiva y varía de acuerdo a nuestros estados de ánimos. Para mí los atardeceres de Jericoacoara fueron sanadores, fueron lágrimas que me ayudaron a limpiar.

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Hoy se cumplen dos meses de viaje y justo hoy no sé por qué se me vino a la mente Jericoacoara. Jeri, como los lugareños lo llaman con cariño. Fue mi segundo destino del viaje (después de Fortaleza) pero me di cuenta que aún no me había detenido a escribir sobre este pequeño pueblo paradisíaco entre dunas, a 300km de Fortaleza. No podía, no me nacía, lo sentía como una traba, un difícil acceso como lo es llegar hasta allá.

A Jeri se llega por helicóptero (carísimo), en auto alquilado con guía o en jardineras (camionetas 4 x 4) preparadas para andar entre dunas después de seis horas previas de micro desde Fortaleza.

Jardinera

Recién ahora, pasado ya un tiempo suficiente puedo describirlo. Jeri fue desde el comienzo un desvío en mi itinerario de viaje. Por mi trabajo no estaba en los planes pero cuando estaba en La Plata y le contaba a la gente que me iba a Brasil me recomendaban este lugar.

Lo único que sabía era que estaba al norte de Brasil y que demoraba bastante en llegar. Cuando busqué en internet las imágenes que vi me convencieron: hamacas paraguayas colgadas sobre lagunas de agua azul verdosa, peces de colores, calles de arena sin autos, atardeceres que se esconden en el mar, dunas inmensas y barcitos sobre la playa con música en vivo. Averigué bien y pensé que si iba a ir a Fortaleza, 7 hs más de viaje en un país tan grande no eran nada. Terminé quedándome más días de los pensados. Lo más extraño fue que me la pasé llorando. La visión de los lugares que visitamos es muy subjetiva y varía de acuerdo a nuestros estados de ánimos. Para mí Jericoacoara fue sanador, fueron lágrimas que ayudaron a limpiar.

Carteles en el hostel
Noche en Jericoacoara
Dunas de Jericoacoara
Atardeceres en Jericoacoara
Barcos

Últimamente Jeri se ha vuelto el destino elegido por los europeos para sus vacaciones y por los brasileros que deciden pasar sus lunas de miel. Cuando fui había parejas por todos lados, gente abrazándose, besándose en el mar, caminado de la mano por la playa. Gente viajando sola, muy poca. Yo estaba recién separada y era como estar dentro de una película romántica donde me mostraban que todos eran felices. Me sentía en un lugar demasiado hermoso, y sin nadie con quién compartirlo. No, no soy masoquista pero hubo algo, una energía difícil de explicar con palabras que me llamó la atención para quedarme a pesar del dolor.

Jeri me generó muchas contradicciones internas. Significó un paréntesis importante, un impass dentro del viaje, como si me dijera ”vení, quédate y aprovechá para empezar a sanar. Va a doler, mucho, pero es necesario”. Como cuando decidís ponerte bicarbonato de sodio en una llaga en la boca. Sabés que vas a putear, que te va a arder la herida pero a la vez vas a estar mejor más rápido. De hecho, tengo pocos recuerdos de Jeri. Muchos los viví como en un estado de trance, iba en modo automático a la playa, miraba el mar por horas, lloraba con el rugir de las olas. Observaba a los chicos que bailaban capoeira y los barcos amarrados de la costa. Así lo hice por días. Sentía que mi cuerpo estaba en Jeri, en su arena blanca y fina pero mi mente y corazón en otro lado. Leía mucho, pensaba mucho, escribía poco aunque una tarde me nació escribir un poema: Viajar para sanar.

Playa
Playa de Jericoacoara

Sus atardeceres me ayudaron un montón. El lugar tiene una localización geográfica privilegiada, porque es el extremo norte del estado de Ceará, teniendo mar tanto al este como al oeste. Por esa razón es uno de los pocos lugares de Brasil donde es posible ver el amanecer y la puesta del sol, en el mar.

Los atardeceres de Jericoacoara fueron los mejores de mi vida, esos tan simples y a la vez tan poderosos. Conmovedores. Sanadores.

Mar
Atardeceres en Jericoacoara
Jericoacoara

Muchas veces me indignaba ver a las parejas sacándose selfies para demostrar su felicidad en facebook ya que ninguna realmente estaba disfrutando del atardecer que estaba sucediendo. Eso me enseñó Jeri, volver a valorar las pequeñas cosas de la vida, disfrutar de la simplicidad. El mar como la mejor terapia, la espuma que se llevaba lo escrito en la arena.

Atardeceres en Jericoacoara

Otras veces me parecía todo demasiado irreal, demasiado artificial, como salido de un cuento. Un poblado entre rústico y lujoso, como si lo hubieran subido a un helicóptero y depositado entre las dunas así todo armadito, perfecto, como una maqueta de un estudiante de arquitectura que se saca un diez. Sus callecitas de arena blanca, las palmeras, las posadas con velas aromáticas, el sonido de los pájaros, la bossa nova en vivo. Un lugar donde la gente vive feliz.

Veía a los lugareños, a los buggueros por ejemplo (los que manejan los buggys para desplazarte por las dunas) y los notaba alegres, curtidos con el sol. Muchos se protegían con tanta ropa que parecían ninjas. Era como si esas capas de ropa no sólo impidieran pasar los rayos de uv sino también los problemas cotidianos. Todos estaban apasionados y orgullosos de su lugar.

En Jeri me hospedé en un hostel donde la chica que atendía era argentina, de Quilmes. Cansada de la rutina agarró su mochila y se aventuró por América Latina. Llegó a Jericoacoara con sólo 15o reales. No le quedó otra opción que ponerse a trabajar. Se las arregló como pudo, al tiempo quedó embarazada y se quedó a vivir.

– ¿No extrañás? ¿No querés volver? -le pregunté una vez.

– Nunca me voy a olvidar de mi país, pero para mi hija quiero otro estilo de vida. Mirala…

Me di vuelta. Sofía –morena, cachetona y con rulos tiernos- caminaba descalza por el hostel. Sus dedos estaban llenos de arena. Balbuceaba en español, portugués, inglés y en ese momento una japonesa que estaba viviendo en el hostel a cambio de alojamiento, le estaba enseñando japonés.

-¿Entendés a lo que voy? –me dijo…

Tragué saliva fuerte.

Mi primera perdida

Todos los días a las 4pm la gente se juntaba en Doña Amelia, un restaurante de la calle principal de Jericoacoara para ir juntos caminando a ver el atardecer a Pedra Furada. La vez que fui éramos muchos, y nunca llegué a ver quien indicaba el camino. Yo sólo sé que seguí a la multitud.

Caminamos por senderos entre piedras por 40 minutos hasta que llegamos a Pedra Furada, una formación rocosa que tiene forma de ventana. Es la típica postal de Jericoacoara. Hacía unos días la había visto por internet y ahora estaba ahí. Como todos esos días me senté en una roca simplemente a contemplar el paisaje y disfrutar del atardecer. Me quedé mirando el oleaje, el movimiento del mar ese que puede llevarse las penas y perdí la noción del tiempo. Finalmente el sol se escondió  y escuché unos gritos para volver al pueblo.

Pedra Furada
Atardeceres en Jericoacoara


Por lo general soy despistada cuando estoy acompañada, siempre me dejo llevar por la otra persona pero cuando estoy sola presto mucho más atención. De repente me di cuenta que el camino que estábamos haciendo no era el mismo por el que habíamos ido. Además tengo mucha memoria visual y con ver sólo una vez a una persona soy capaz de reconocerla en otro contexto pero confieso que esta vez había mucha gente y yo estaba en otra sintonía y realmente no me acordaba ninguna cara. Así que caminé con ellos pensando que era mi grupo. Decidí por las dudas preguntar si íbamos al centro de la villa y el hombre que dirigía me lo confirmó con mucha seguridad. Caminamos mucho. Estaba cansada pero contenta pensando que estaba conociendo otro camino diferente por lo que seguí entretenida sacando fotos.

Hasta que en un momento llegamos a unas dunas y de a poco todos se fueron subiendo a unas camionetas 4 x 4. Cuando pregunté resultó que todos habían ido hasta allá en esos vehículos por lo que ahora todo tenía sentido para mí.

Miré a mi alrededor y había dunas por todos lados. Había perdido mi sentido de la orientación completamente. Decidí entonces preguntar el camino para volver caminando porque no tenía dinero. Pero una señora me explicó que era muy lejos, que ya era de noche y que no me iba a permitir que fuera sola. Creo que le invoqué su lado maternal. Me terminó invitando a ir con ellos en camioneta, obviamente sin pagar nada.

En Jericoacoara recibí entonces el primer gesto de solidaridad de mi viaje, ese que les contaba en el post Viajando sola por primera vez. Qué lindo es darse cuenta que la gente es más solidaria de lo que creemos y siempre va haber alguien que nos de una mano cuando la necesitemos.

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9 Comentarios
Fortaleza dice:

[…] de Ceará es la quinta mayor ciudad de Brasil y en lo personal creo que es una ciudad de pasada a Jericoacoara o a Canoa Quebrada. Pero como los viajes además de los lugares también lo hacen las personas no […]

Mario dice:

Hola Gilda, muy linda tu historia.
Estuve en Jeri en Noviembre del año pasado o sea 2015 , me hospé en la posada Naquela y en Jeri encontré el paraíso en la tierra el del alma , estoy en un proceso de cambio de vida , una nueva filosofía , soy marketinero y estoy cansado de batallar lo alienante de la gran ciudad .
Deseo ir a vivir a Jeri , hice un par de contactos .
Mi pregunta y molestia es saber si sabes una amiga o conocida qe desee cambiar su vida y encontrar un «compañero para vivir en el paraíso «.
Ojalá puedas ayudarme ya que sabés de que hablo , soy de capital de palermo y actualmente estoy por trabajo en santiago de chile donde estoy montando una consultora de deportes extremos y la filial de Jeri sería ideal por eso deseo estar yo en ella , ojala forever.
Quedo atento y espero no te moleste mi pregunta, te dejo un abrazo . Gracias . Mario

Gilda Selis dice:

Hola Mario! Seguramente allá conozcas mucha gente buena onda! Exitos en tu viaje y nueva etapa de vida :)

Exequiel dice:

Hola Gilda, antes que nada aprecio mucho tu post y tu relato, muchas veces escapamos de nuestros miedos, desde lo más profundo o simplemente buscamos un cambio, una distracción, otras veces nos vemos acorralados por el dolor que causa el estrés o una relación que termina recientemente y cuando creemos que no hay salida para continuar es cuando tomamos ese valor que nose de donde sale pero emerge, es así que valoramos lo más simple de la vida, el mar, el silencio, el calor del sol, los hermosos atardeceres a cielo descubierto… las heridas sanan querida Gilda, nuestro próximo destino sin duda es nuevamente el nordeste de Brasil, amo a mi Argentina y si por algo la cambiaría, precisamente sería porque todo lo que quiero está en ese preciado lugar, Jeri aún no conocemos pero es nuestro próximo destino, vuelvo a repetir tu post me trajo los más lindos recuerdos de Porto de Galinhas, Maracaipe, Carneiros, Ilha de Santo Aleixo, Maragogi, entre otros… Coincido con vos y también me tocó vivirlo en una etapa de cambios, acá es cuando uno se da cuenta de que somos felices con tan poco. Muchas gracias por compartir tu experiencia, más que nunca terminamos de convencernos y Jeri será nuestro próximo destino, saludos cordiales desde Santa Fe

Gilda Selis dice:

Hola Exequiel! Muchas gracias a vos también por tus palabras alentadoras! Coincido con vos en valorar lo más simple de la vida, el mar, e sol, los hermosos atardeceres. Mis heridas ya sanaron y Jeri tuvo mucho que ver con esa sanación, mi deseo es que lo disfruten mucho también! :)

Noelia dice:

Hola gilda creo q me tome mas de mi tiempo para volver a leer este post!!me encanta!! Fui en marzo una semana a conocer con mi marido y fue un viaje magico! A pesar de que fui con el Amor , senti esa sanacion de la que tu hablas textuales palabras como las tuyas tan asi q mientras leia sentia una tristesa q recorria mi mente , hoy vuelvo a poder leerlo reiteradas veces y sigo pensando igual t admiro y te sigo.bss

Gilda Selis dice:

Hola Noelia! Muchas gracias por tus sinceras palabras! Te mando un abrazo fuerte y me alegra que Jeri te haya sanado también.

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