Hacia las Ruinas de Epecuén, el pueblo que resurgió de las aguas

Hacia las Ruinas de Epecuén, el pueblo que resurgió de las aguas

Pisos agrietados, casas derrumbadas, escombros y árboles petrificados. Esa es la imagen que tengo grabada en mi memoria cuando vi por primera vez en 2010 el video de una banda de mi ciudad que me gusta: El mató a un policía motorizado filmado en las Ruinas de Epecuén.

Me dio mucha curiosidad aquel lugar misterioso y averigüé que se trataba de una ex Villa Turística llamada Epecuén (en el Partido de Adolfo Alsina) que se ubicaba a unos 600 km de Buenos Aires y que luego de haber desaparecido por una gran inundación, el pueblo -en ruinas- había resurgido de las aguas. En ese escenario particular también se filmaron escenas de películas, entre ellas “El Viaje” del ex director de cine Pino Solanas, y el corto publicitario de la marca Red Bull que recomiendo si quieren ver en mayor profundidad cómo es que se ven hoy en día las Ruinas de Epecuén.

Aquella curiosidad por Epecuén quedó guardada en algún lugar de mi mente y resurgió en el 2013 cuando realicé un curso de Crónica Periodística con Josefina Licitra. Ese año mi ciudad –La Plata- se inundó como nunca (llovieron 300 milímetros en 4 horas, hubo 2.200 evacuados y 89 muertos pero que en las versiones de los vecinos los cadáveres rondaban los 300) y cuando Josefina nos pedía ejercicios de escritura los alumnos platenses sólo entregábamos textos vinculados con la inundación (Acá podés leer uno que escribí por ejemplo). No hacíamos otra cosa –no podíamos- que escribir sobre las secuelas de esa noche trágica. Escribíamos quizás para poder sacar tanta mierda. Un compañero, por ejemplo, contó que dormía con las llaves de la casa y el Rivotril bajo la almohada. Quizás fue en alguna de esas charlas en el Bar Orsai cuando Josefina contó que estaba escribiendo un libro sobre Epecuén. Por eso no dudé en leer en el 2014 el Agua Mala donde gracias a su gran pluma descubrí la historia del lugar y la de sus habitantes y su búsqueda de respuestas entre los evacuados que necesitaban encontrar culpables.

Ruinas de Epecuén

Ubicada a 8 km de la ciudad de Carhué, Epecuén fue fundada en 1921 a la vera del lago del mismo nombre, y llegó a tener cerca de 1.500 habitantes, siendo visitada por un promedio de 25 mil turistas durante la temporada de verano. Su atractivo principal residía en las propiedades curativas que se le atribuían al agua de la laguna que contiene una gran proporción de sal, ideal para el uso termal y comparable al Mar Muerto en sus propiedades. Sus aguas extremadamente saladas producían escozor en la piel de aquellos que se acababan de bañar y se colocaban al sol. De ahí posiblemente su nombre Mapuche: Casi Asado (Epe: casi / cuén: Asar).

Ruinas de Epecuén

A Epecuén llegaban miles de personas en busca de mejoras en problemas en los huesos, las articulaciones y la piel. En los años 70 esta villa turística del suroeste de la Provincia de Buenos llegó a tener 5000 plazas declaradas y era uno de los principales centros de salud del país. Era la época dorada de uno de los polos de turismo termal más importantes de Argentina.

Pero el 10 de noviembre de 1985 el balneario sufrió la crecida del lago y en pocos días quedó cubierto por 8 metros de agua.

Ruinas de Epecuén

En palabras de Licitra:

Rubén Besagonill se levantó de la cama, miró por la ventana y buscó su ropa con urgencia. Eran las dos de la mañana del domingo 10 de noviembre de 1985 y el viento sur hacía temblar los vidrios de la casa. Fue al dormitorio de sus padres.

—Voy a Epecuén —les dijo—. ¿Vienen?

Epecuén era una villa turística ubicada en el suroeste de la provincia de Buenos Aires y a ocho kilómetros de Carhué, la localidad donde estaba Rubén. El hombre tomó las llaves de la camioneta y abrió la puerta principal.

—¿Vienen? —insistió.

Su madre cerró los ojos y negó con la cabeza. Su padre miró la calle —el viento parecía tomar el pueblo por los pelos— y después miró a su hijo.

—No —respondió—. No quiero ver eso.

Rubén cerró la puerta, subió a su camioneta y llegó a la ruta en minutos. Estaba asustado. Si la sudestada seguía, todo Epecuén quedaría bajo el agua. No era una suposición sino una certeza, el desenlace lógico de un desastre anunciado. El lago Epecuén —que daba nombre al pueblo y estaba a metros de la primera línea de casas— desde hacía meses venía creciendo y poniendo a prueba la resistencia del terraplén, una barrera de contención que promediaba los cinco metros de alto y que, a la manera de una represa, había ido armándose a lo largo de los años para resguardar la Villa de una eventual inundación.

¿Aguantaría el terraplén? En Epecuén había dos opiniones encontradas. Estaban los llamados «alarmistas» —entre ellos, los bomberos de la zona—, que auguraban un final trágico. Y estaban los que confiaban en los funcionarios municipales y provinciales, que habían jurado que cualquier desborde no superaría los diez centímetros, que Epecuén jamás se inundaría y que el pueblo seguiría siendo lo que siempre había sido: uno de los principales centros de turismo de salud de la Argentina. Un maná de aguas altamente salinas que ponían a Epecuén en un plano terapéutico a la altura del Mar Muerto, en Medio Oriente.

Rubén estaba entre los alarmistas. Tenía razones. Un día atrás, el sábado 9 de noviembre, su cuñado —fumigador de campos— lo había subido a su avioneta y lo había llevado a ver las Encadenadas, un sistema de seis lagunas escalonadas que tiene en su base, como si fuera un «fondo de olla», al lago Epecuén. Desde arriba, el panorama era alarmante. Rubén había visto el agua desbordando las lagunas y avanzando pendiente abajo a una velocidad temible, y había entendido que en pocas horas sucedería un desastre”.

Finalmente el terraplén que contenía el caudal se rompió y el agua comenzó a entrar por todos lados. Fue la culminación de una muerte anunciada. Los pobladores debieron abandonar sus casas, sus hoteles, sus comercios con urgencia y los funcionarios públicos se empeñaron en negarlo todo hasta último momento. La mayoría de los lugareños se mudaron a Carhué y otros donde pudieron. Los ataúdes salían flotando, hubo que contratar buzos que rescataran a los muertos. Epecuén se convirtió en un Titanic bonaerense y quedó sepultada por el agua.

Ruinas de Epecuén

El pueblo estuvo sumergido por más de 25 años. Con el paso del tiempo el agua se evaporó y resurgió Epecuén en forma de ruinas. En 2014 el Poder Ejecutivo bonaerense promulgó la Ley 14.696 por la cual se declara a las Ruinas de Epecuén como Monumento Histórico Provincial.

Ruinas de Epecuén

Desde el momento en que leí el libro donde se narra el dolor del desarraigo, la negligencia del Estado, la fuerza de la naturaleza y las miserias humanas, me propuse algún día viajar a conocer las Ruinas de Epecuén. El pasado fin de semana aproveché el feriado de Semana Santa y viajé a aquel misterioso pueblo bonaerense.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

Las Ruinas de Epecuén son un museo a cielo abierto. Hoy el agua ya no es la protagonista del lugar y dejó al desnudo un panorama devastador que paradójicamente se presenta como un atractivo turístico. La sal lo eternizó todo, quedó un pueblo en ruinas y un paisaje de postguerra.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

A medida que uno va adentrando al pueblo, y no importa en que dirección se mire, las pilas de escombros se van multiplicando. Vemos los ladrillos de lo que fueron alguna vez un residencial, una carnicería, una heladería, un hotel, una fábrica de alfajores, una plaza con juegos para niños.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

Caminamos por la avenida de Mayo –la arteria principal del pueblo donde transcurría la vida de la villa- con los pisos regados en sal. Lo hacemos con cuidado porque el suelo está agrietado, con raíces y paredes caídas. Las pocas construcciones que quedan en pie están identificadas con placas recordatorias de los antiguos propietarios: el Hotel Montreal, el Gran Hotel Parque, Alfajorlandia, la heladería Flamingo.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

Uno camina esas calles desoladas sabiendo que algún día alguien también las caminó. Entre un paisaje de contrastes entre la ciudad que emergió cuando bajó el agua y los imaginarios de lo que pudo haber sido la vida en una villa tan turística como era Epecuén. Camino y pienso en todos sus habitantes que se murieron sin saber que su pueblo resurgió. Me pregunto si presenciar esa retirada de agua no sería peor para ellos. En las cuatro direcciones se ve la misma postal gris: son manzanas enteras de edificios derrumbados, árboles petrificados, hierros corroídos y nostalgia. Quedó una imagen fantasmal de lo que supo ser una ciudad ahogada.

Ruinas de Epecuén
Ruinas de Epecuén

Cuanto más te adentrás, más se respira lo cotidiano que alguna vez fue. Observás cacerolas y carretillas oxidadas, marcos de puertas, cacharros irreconocibles por el paso del tiempo.  Y más se siente la soledad del lugar.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

En las Ruinas de Epecuén se respira un aire denso, se huele un olor pútrido aunque mucho menor de lo que me había imaginado. Impresiona ver los árboles secos y blancuzcos, lisos como si los hubiesen pulido. Muertos pero de pie. Parecen reflejar la tristeza que aún habita en ese pueblo. Tan espeluznante como fascinante e inolvidable a la vez.

Ruinas de Epecuén

Ruinas de Epecuén

Si bien había visto fotos y videos y leído relatos antes de viajar estos no se pueden reemplazar por lo que uno ve a través de sus propios ojos. A cada persona le moviliza sentimientos diferentes. Una vez en el lugar es donde uno toma verdadera dimensión de todo lo que sucedió y lo doloroso que debe haber sido la llegada de esa inundación para sus habitantes. En lo personal me dejó una sensación extraña, agridulce. Conlleva una dicotomía entre lo doloroso de la destrucción y a la vez el paisaje fascinante del lugar. El contraste entre la gente que perdió todo y los cielos sobre el lago que regalan atardeceres furiosos para los amantes de la fotografía. Quizás lo más propicio sea ir -cámara en mano- con la curiosidad de un niño y la comprensión de un adulto. 

Ruinas de Epecuén

En el próximo post quiero compartirles información útil sobre las Ruinas de Epecuén: Cómo llegar, precio de la entrada, dónde comer, dónde hospedarse y qué actividades realizar en la zona.

¿Te gustó el post? Te invito a que lo compartas con tus amigos y dejes tus comentarios. ¿Conocés Epecuén? ¿Qué sensación te generó? ¿Te gustaría visitarlo? ¡Gracias por leer! :) ¡También me encontrás en Instagram, Facebook o Twitter!

 

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3 Comentarios
Gonza dice:

Buenísimo, Gilda! Me lo guardo en favoritos para releer cuando vaya! :)

Gilda Selis dice:

Dale Gonza! Ojalá puedas ir pronto! ;)

Perro Dinamita dice:

Bravo Gilda querida! Excelente relato y material fotográfico de uno de los lugares que mas me intriga conocer. Sólo me apena enterarme que se cobra una entrada, no por el hecho de gastar dinero, sino por el hecho de comprender que tan abandonado no está y que lo que yo prentendía encontrar, la mas absoluta soledad chernobiliana (¡Wow el neologismo!) en el fondo no es así. Pero bueno, son apenas anécdotas de un entorno que es testigo mudo de la desidia y las metidas de pata de el hombre en su entorno. Te mando un gran beso!!

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